Escritura
Salí de mi pueblo con el peso del miedo pegado a la espalda. No fue cobardía… fue supervivencia. Las calles que me vieron crecer ya no eran mías; las bandas habían convertido cada esquina en una sentencia, y mi nombre empezaba a sonar donde no debía. Así que me fui, sin despedidas, sin dinero, con lo único que nunca me han podido quitar: mi palabra.
Llegué a la llamada “Ciudad de los Santos”, pensando que tal vez aquí el destino me daría tregua. Pero la ciudad no perdona a nadie. Aquí las pandillas no te buscan… te encuentran. Y cuando lo hacen, no preguntan quién eres, sino cuánto vales.
Dormí en aceras, comí cuando pude, y aprendí rápido que en esta ciudad el respeto no se pide… se arranca. Una noche, en un callejón oscuro, tres hombres intentaron marcar mi final. No sabían que yo ya venía huyendo de la muerte. Esa noche no solo sobreviví… nací de nuevo. Desde entonces, mi nombre empezó a correr, primero en susurros, luego en advertencias.
No niego mi historia. He caminado por caminos torcidos, he tomado decisiones que pesan, pero en medio de todo, hay algo que nunca he negociado: el honor. Porque en un mundo donde la traición es moneda diaria, el hombre que cumple su palabra vale más que cualquier fortuna.
He visto caer a muchos que se creían invencibles. He estado en situaciones donde un segundo separa la vida de la muerte. He corrido, he peleado, he resistido. Y aquí sigo.
Llegué sin nada. Sin amigos, sin aliados, sin un peso en el bolsillo. Pero tengo algo más fuerte que todo eso: determinación. En esta ciudad voy a crecer… o voy a morir en el intento. No hay punto medio.
Porque al final, no se trata solo de sobrevivir. Se trata de quién eres cuando todo está en contra. Y yo… yo soy un hombre de palabra.
Y eso, en este mundo, es lo único que realmente importa.