Los orígenes de una mente (in)comprendida
A miles de trillones de milenios luz de la Tierra, en el majestuoso planeta Haiks, nació Howard. Un ser de una inteligencia tan abrumadora que ni siquiera la "Magia" (el sistema tecnológico perfecto que gobernaba su mundo) pudo comprender.
Howard padece una peculiar condición llamada Tragsíntesis. ¿Los síntomas? Ser un auténtico desastre, torpe y un imán para el caos en su vida cotidiana, pero poseer una brillantez y astucia inigualables cuando hay un caso de investigación entre manos. La Magia, incapaz de tolerar un fallo en su sistema perfecto, lo desterró a la Tierra en el año 524 d.C. junto a Eric, su fiel (y sufridor) científico personal, quien años más tarde desarrollaría la fórmula de la inmortalidad para ambos.
Durante siglos, Howard dirigió en secreto la agencia de detectives más prestigiosa del planeta. Con su mano derecha John (al que le debe un par de dientes incisivos) y el novato Samuel, resolvieron los casos más complejos que los gobiernos mundiales no podían manejar. Howard era el terror de los criminales... y el terror de las aseguradoras de coches de sus compañeros.
Pero nada dura para siempre. Tras una serie de catastróficas desdichas financieras (y unas cuantas demandas por daños a terceros en piscinas municipales), los fondos se agotaron. John y Samuel tomaron caminos separados por el bien de su salud mental, y la legendaria agencia de detectives se declaró en bancarrota absoluta.
Aterrizaje en Los Santos y el sueño de la placa
Con los bolsillos vacíos pero con el sentido de la justicia intacto, Howard metió sus bañadores de los años 20 en una maleta y compró un billete de ida a la ciudad de las oportunidades: Los Santos.
Su objetivo es claro: ya que no puede dirigir su propia agencia, opositara para entrar en la Policía de Los Santos (LSPD / LSSD). El mundo criminal de esta ciudad necesita una mente maestra de su calibre para restaurar el orden. Sin embargo, las academias de policía exigen tiempo y preparación, y un genio intergaláctico también necesita comer.
El "Escudo" y la Leche de Mirra (El trauma del basurero)
Su primera incursión laboral fue en el servicio de recogida de basuras. Howard, buscando desesperadamente protección contra los gérmenes de este planeta tan sucio, pecó de ingenuo. Un compañero veterano, viendo lo "zoquete" que podía llegar a ser Howard en su día a día, le ofreció un trato especial: "Leche de Mirra" a cambio de un "Escudo" protector.
Howard, pensando en términos de mística intergaláctica y defensas biológicas, aceptó el intercambio con ilusión. No hace falta decir que la "leche de mi-rabo" no era precisamente un suplemento vitamínico de Haiks, y el "escudo" que recibió... bueno, digamos que Howard aprendió por las malas que en la basura de Los Santos hay más peligros humanos que bacteriológicos. Tras las insinuaciones constantes de sus compañeros y el disgusto estomacal de haber ingerido "residuos" que él juraría que eran tupperwares, decidió que su cuerpo —ese que tanto alaba la mirada femenina— merecía un entorno más limpio.
El Camionero de la "Harina" y la Vaca Lola
Ahora, Howard recorre las carreteras de la ciudad a lomos de un camión. Es un trabajo solitario, ideal para evitar que le ofrezcan más "leches" extrañas. Sin embargo, su cabina es un festival de contrastes:
La Playlist de la Justicia: Howard se toma muy en serio su futura oposición a policía. Por eso, en sus viajes, se machaca el Código Penal. Pero como su cerebro de Haiks necesita estímulos variados para no aburrirse, alterna los artículos legales con música de alta complejidad intelectual: La Vaca Lola.
"Artículo 14. Uso de la fuerza... ¡LA VACA LOLA, LA VACA LOLA, TIENE CABEZA Y TIENE COLA!... Artículo 15. Derechos del detenido... ¡Y HACE MOOO!"
El Transportista de "Harina": Gracias a su puntualidad y a que no hace preguntas, Howard se ha ganado una fama envidiable entre ciertos empresarios del puerto. A veces le pagan el triple por cargar sacos de una "harina" blanquecina muy fina. Howard, en su infinita ingenuidad cotidiana, está convencido de que Los Santos tiene una crisis de celíacos o que hay una fiebre por hacer pasteles en el desierto. Él simplemente entrega la "mercancía", cobra sus generosas propinas y se siente orgulloso de ayudar a la industria repostera de la ciudad mientras sueña con el día en que pueda confiscar esa misma harina con su uniforme puesto.
Howard está ahorrando cada dólar (y cada gramo de esa harina de "repostería") para presentarse a las oposiciones. Los Santos necesita un detective que sepa distinguir un asesinato de un suicidio a diez kilómetros, aunque sea el mismo hombre que es capaz de resbalarse con su propia sombra en la ducha.
¿Están los ciudadanos preparados para Howard? Seguramente no. ¿Está Howard preparado para Los Santos? Tampoco, pero tiene un camión lleno de harina y el Código Penal memorizado a ritmo de canciones infantiles.
En los próximos mensajes de este hilo estaré publicando mis hazañas como si Howard lo estuviera escribiendo a modo de diario personal o red social de Howard